Veredicto sobre Sein und Zeit (por un alumno avanzado de la carrera de Filosofía):
«Es bastante extenso.»
Mostrando entradas con la etiqueta Casicomopasó. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casicomopasó. Mostrar todas las entradas
martes, 26 de junio de 2012
martes, 13 de octubre de 2009
Demarcación Primaria (La tiza de la discordia)
(Breve drama filosófico en un acto)
A: El problema son todos esos fanáticos que se empeñan en proponer inútiles distinciones donde sencillamente no las hay.
B: Coincido. Aunque me gustaría agregar que no se trata del único problema. Personalmente, veo mayor peligro en esas otras sectas que insisten en pasar por alto hasta las más obvias de las distinciones.
A: Puede ser. Pero, en todo caso, debe usted reconocer que se trata de dos tipos diferentes de distinciones...
(etc.)
C [aparte]: ¡Es la última vez que juego a la rayuela con esta gente!
miércoles, 20 de mayo de 2009
Of all things unfair...
Poor dancing skills, though shared by many, are still poor dancing skills. Collective shame does not trump individual embarassment.
miércoles, 22 de abril de 2009
Ontología I
El tipo le viene dando vueltas desde hace rato. Probó la angustia, la crítica, la embriaguez y hasta esa otra embriaguez que algunos llaman fe. Casi no ha hecho otra cosa su vida que hacer el intento; pero no, no hay caso.No se ha podido convencer de que en este mundo haya otra cosa que esos fulgores inestables que lo visitan desde su infancia, o tal vez desde antes.
Hay el sol de otoño y ese color inverosímil que acaricia cual puñal inesperado. Hay la música incomprensible e implacable. Hay caricias perdidas y esos llantos secos, indispensables y nunca dispensados. Hay la aspereza despótica y libertaria de la cifra, el signo que castiga desde lejos. Hay las distancias que crecen al desaparecer. Hay los nombres públicos y secretos, y hay también todas las cosas que se resisten a ser llamadas "cosas".
Hay la alegría incontrastable de la sonrisa imbécil y la terca potencia de la rutina. Hay el vértigo que tanto se parece a la quietud. Hay la insensata tenacidad de la incoherencia.
Hay la multiplicidad que no es más ni menos que eso, y que nunca lo es del todo.
Hay la emoción imprecisa que lo empuja escribir lo ilegible, a leer lo que no hay en libros que no existen.
Hay los plagios ilustres y la sinceridad innecesaria: hay por ejemplo este post, que es las dos cosas sin ser ninguna.
Todo lo cual no sería siquiera digno de mencionar; si no fuera porque también, y sobre todo, hay la impúdica arbitrariedad de las enumeraciones.
Hay el sol de otoño y ese color inverosímil que acaricia cual puñal inesperado. Hay la música incomprensible e implacable. Hay caricias perdidas y esos llantos secos, indispensables y nunca dispensados. Hay la aspereza despótica y libertaria de la cifra, el signo que castiga desde lejos. Hay las distancias que crecen al desaparecer. Hay los nombres públicos y secretos, y hay también todas las cosas que se resisten a ser llamadas "cosas".
Hay la alegría incontrastable de la sonrisa imbécil y la terca potencia de la rutina. Hay el vértigo que tanto se parece a la quietud. Hay la insensata tenacidad de la incoherencia.
Hay la multiplicidad que no es más ni menos que eso, y que nunca lo es del todo.
Hay la emoción imprecisa que lo empuja escribir lo ilegible, a leer lo que no hay en libros que no existen.
Hay los plagios ilustres y la sinceridad innecesaria: hay por ejemplo este post, que es las dos cosas sin ser ninguna.
Todo lo cual no sería siquiera digno de mencionar; si no fuera porque también, y sobre todo, hay la impúdica arbitrariedad de las enumeraciones.
lunes, 30 de marzo de 2009
Infinito Actual (De la contradictoria naturaleza del deseo)
El tipo tiene miedo de morirse antes poder leer todos los libros que ansía leer. Aunque, a veces, al mismo tiempo le aterroriza seguir leyendo. Teme que sus predicciones sean erróneas y que, a este paso, llegue a agotar en pocos años todas las lecturas que valen la pena --quizá no sean tantas al fin y al cabo--. No se atreve ni a pensarlo: estaría condenado a repartir el tiempo sobrante entre los abismos de la soledad y los horrores de la banalidad.
domingo, 8 de marzo de 2009
Argumentum Maradonicus
Hace unos días me encontraba visitando a un amigo. En la casa había un niño que efrentaba una especie de crisis de fe o de lealtad: sus simpatías oscilaban entre dos equipos de fútbol antagónicos. En algún momento todos los presentes declararon, a manera de ejemplo aleccionador, su propio apoyo incondicional a tal o cual club. Yo permanecí callado, pero la infancia es más suspicaz, o más cruel, por lo que me vi de pronto interpelado:
"¿Y vos, de qué cuadro sos?"
Murmuré algunas palabras resignadas, a todas luces insatisfactorias. "No es de ninguno. A él no le interesa el fútbol", explicó mi amigo, con aplicada paciencia, exigida probablemente por la edad del interlocutor y por la secreta ignominia de tal revelación.
Acaso por primera vez en su vida, el niño tuvo conciencia de ser testigo de un escandaloso desequilibrio en la trama de la realidad:
"¿De ningún cuadro? Vos no tendrías que existir en este universo."
Por supuesto, su conclusión era lógica, prístina, convincente. Recuerdo haber pensado "este chico tiene alma de teólogo, o de delantero". Guardo también la sensación de hacerme gradualmente más pequeño, más inconsistente ante su mirada.
martes, 3 de febrero de 2009
Ek-stasis
(Las palabras que siguen sonarán inevitablemente torpes. No me excuso: este post es probablemente tan innecesario e impreciso como cualquier otro.)
Algunas veces, sin que medie razón aparente, el tipo empieza a ver las cosas como en dos dimensiones. No hay mejor manera de decirlo. Como en una película, o un cuadro. Solamente en esas contadas e impredecibles ocasiones el tipo se siente auténticamente cerca de algo. Si no fuera por cierto malsano pudor, hasta se atrevería a confesarse que sólo en esos momentos se siente más o menos vivo.
Es como una soledad, pero sin culpa, sin angustia. Cuando mira con esos ojos sabe que no son los suyos, pero cuando mira con esos ojos sabe que es él el que mira. (expresiones negligentes, morosas, que se le ocurren tiempo después y que, tiempo después, no significan absolutamente nada)
Un transparente mecanismo de defensa; el sórdido refugio del cobarde; el áspero tobogán de la insanía; o su infatigable estupidez hecha instante: son los diagnósticos más frecuentes (y más fáciles) que el tipo alcanza a proponerse.
Hay que reconocer que todo esto sería bastante triste, si en esa mirada hubiera lugar para la tristeza.
Algunas veces, sin que medie razón aparente, el tipo empieza a ver las cosas como en dos dimensiones. No hay mejor manera de decirlo. Como en una película, o un cuadro. Solamente en esas contadas e impredecibles ocasiones el tipo se siente auténticamente cerca de algo. Si no fuera por cierto malsano pudor, hasta se atrevería a confesarse que sólo en esos momentos se siente más o menos vivo.
Es como una soledad, pero sin culpa, sin angustia. Cuando mira con esos ojos sabe que no son los suyos, pero cuando mira con esos ojos sabe que es él el que mira. (expresiones negligentes, morosas, que se le ocurren tiempo después y que, tiempo después, no significan absolutamente nada)
Un transparente mecanismo de defensa; el sórdido refugio del cobarde; el áspero tobogán de la insanía; o su infatigable estupidez hecha instante: son los diagnósticos más frecuentes (y más fáciles) que el tipo alcanza a proponerse.
Hay que reconocer que todo esto sería bastante triste, si en esa mirada hubiera lugar para la tristeza.
jueves, 15 de enero de 2009
Polifemo: un contratiempo cotidiano
Tarea trivial en prospecto, sencillo trámite de adquirir un paquete de cigarrillos en un kiosco poco frecuentado por el tipo, a una hora todavía menos frecuentada por otros mortales.
Detrás de las indispensables rejas --destinadas a resguardar el ingreso (acaso la fuga) de innombrables amenazas-- se agita, cortés, el gigantesco enigma. El tipo no termina de explicárselo a sí mismo (¿se acuerdan de Columbo?). Aparenta entereza (el tipo) pero en realidad se sabe acorralado (¿estrabismo?). La incomodidad se le cuela en el tono de voz, en la torpe manipulación de una suma no del todo exacta (¿un ojo de vidrio? ¿pero cuál?). Es indispensable que mire de una vez por todas a la cara a su interlocutor: es imposible que lo haga sin dejar traslucir su desesperada investigación. Después de todo, no hay necesidad de hacerle pasar un mal rato al trasnochado y solícito dependiente. Al fin y al cabo no es su culpa... (¿será el signo de algún oculto pecado?) Pero tampoco es culpa del tipo, que lo único que quería eran cigarrillos... (¿seguro que no había ningún otro local abierto?)
Como suele suceder, el vértigo de las grandes gestas no se deja referir en palabras. Como también es costumbre, el resultado de los combates fundamentales termina por diluirse entre memorias más urgentes.
Como sin convicción fuma el tipo, ahora.
Como si no estuviera tan seguro.
Detrás de las indispensables rejas --destinadas a resguardar el ingreso (acaso la fuga) de innombrables amenazas-- se agita, cortés, el gigantesco enigma. El tipo no termina de explicárselo a sí mismo (¿se acuerdan de Columbo?). Aparenta entereza (el tipo) pero en realidad se sabe acorralado (¿estrabismo?). La incomodidad se le cuela en el tono de voz, en la torpe manipulación de una suma no del todo exacta (¿un ojo de vidrio? ¿pero cuál?). Es indispensable que mire de una vez por todas a la cara a su interlocutor: es imposible que lo haga sin dejar traslucir su desesperada investigación. Después de todo, no hay necesidad de hacerle pasar un mal rato al trasnochado y solícito dependiente. Al fin y al cabo no es su culpa... (¿será el signo de algún oculto pecado?) Pero tampoco es culpa del tipo, que lo único que quería eran cigarrillos... (¿seguro que no había ningún otro local abierto?)
Como suele suceder, el vértigo de las grandes gestas no se deja referir en palabras. Como también es costumbre, el resultado de los combates fundamentales termina por diluirse entre memorias más urgentes.
Como sin convicción fuma el tipo, ahora.
Como si no estuviera tan seguro.
domingo, 14 de diciembre de 2008
(not)The best of times - Grandes éxitos
Hace un poco más de tres años, el tipo estaba deprimido y escribía cosas como esta:
"Como por ejemplo ahora, que escribo esto sin saber muy bien con qué objeto. En realidad sí que lo sé, estoy destruyendo el tiempo, como siempre lo hago. El viejo Cronos es sin duda un asesino despiadado, que se nutre de sus crías; pero agarráte los calzones cuando a un pendejito se le mete en la pretenciosa cabecita de mortal encarnar al Edipo más resentido, venenoso e ingeniosamente vengativo que se pueda imaginar. Terrón por terrón -o mejor todavía, aliento por aliento- el muy maldito va desgranando lo más campante los cimientos de su temporalidad. Y por supuesto, ahora tiene puesto el traje de Sísifo, y se sabe derrotado de antemano, y sí que le importa, pero por alguna razón (o mejor dicho: por ninguna razón conocida) no puede o no se permite dedicarse a tareas más productivas, como por ejemplo escribir algo bonito o al menos algo ingenioso, aprender a bailar el tango, hacer un curso de cocina, acostarse con una una linda (o fea) muchacha, irse sanamente de putas o descubrir la vacuna definitiva contra la pelotudez crónica. Será que se está más cómodo o todo lo contrario siendo un poco más consciente del movimiento que provoca la náusea."
Ahora el tipo se deprime menos y escribe mucho peor. Será de distraído, o quizá de cobarde, o de puro cínico que se ha vuelto últimamente.
martes, 19 de agosto de 2008
El humo y los bosques
A veces, al llegar al final de un libro, parece que ya no hubiera necesidad de leer ningún otro; el cosmos entero está ahí, al mismo tiempo afuera y adentro del que lee, en ese prodigio tóxico de tinta y celulosa. Y ese milagro, esa maldición, está también hecho de olvido. Nuestra desesperación, nuestra apatía, chocará en nuevas lecturas con la misma opaca evidencia meridiana que hoy nos sale al paso.
Me pasó, entre los que creo recordar, con Bartleby, con Moby Dick, con El señor de las moscas, con El corazón de las tinieblas, con Hojas de hierba, con El Amante (hace semanas) y con El entenado, de Saer, hace unas pocas horas.
A veces, al llegar al final de un libro, la vida ya está vivida. Los pecados han sido todos cometidos; las maravillas nítidamente enumeradas; los límites, trazados y vueltos a desdibujar.
Comenzamos, otra vez por vez primera, nuestra precaria infancia milenaria.
Me pasó, entre los que creo recordar, con Bartleby, con Moby Dick, con El señor de las moscas, con El corazón de las tinieblas, con Hojas de hierba, con El Amante (hace semanas) y con El entenado, de Saer, hace unas pocas horas.
A veces, al llegar al final de un libro, la vida ya está vivida. Los pecados han sido todos cometidos; las maravillas nítidamente enumeradas; los límites, trazados y vueltos a desdibujar.
Comenzamos, otra vez por vez primera, nuestra precaria infancia milenaria.
lunes, 7 de julio de 2008
Insomnio
¿Cómo sería despertar siendo otro?
Bioy Casares decía que el recuerdo que deja la lectura de un libro es más importante que el libro mismo. La primera vez que leí La Metamorfosis no se me ocurrió ninguna complicada teoría sobre su significado. No encontré (y ni siquiera se me ocurrió buscar) recónditos simbolismos o reveladoras alegorías.
Y sin embargo, de algún lugar tenía que venir ese vértigo y esa pregunta que creía nunca antes haberme planteado... Es una sensación rara, que me persigue de a ratos. Especialmente esas noches en que siento un escozor intermitente justo en ese lugar del caparazón que no alcanzo a rascarme.
Bioy Casares decía que el recuerdo que deja la lectura de un libro es más importante que el libro mismo. La primera vez que leí La Metamorfosis no se me ocurrió ninguna complicada teoría sobre su significado. No encontré (y ni siquiera se me ocurrió buscar) recónditos simbolismos o reveladoras alegorías.
Y sin embargo, de algún lugar tenía que venir ese vértigo y esa pregunta que creía nunca antes haberme planteado... Es una sensación rara, que me persigue de a ratos. Especialmente esas noches en que siento un escozor intermitente justo en ese lugar del caparazón que no alcanzo a rascarme.
lunes, 31 de marzo de 2008
La Cátedra de Babel
El tipo y un compañero de curso están decididos a presenciar su primera clase teórica de Epistemología (materia de extendida y ríspida fama, si las hay). La obstinación, la timidez o acaso el ciego motor del caos los llevan de pasillo en pasillo; de aulas desiertas a hostiles aglomeraciones; del entusiasmo a la resignación.
El tipo empieza a barruntar que acaso el aula es todo el edificio; el profesor, el destino; la lección, la experiencia (o el tedio); y el edificio es el mundo, su itinerario, un oscuro laberinto de elecciones equivocadas... y así quién sabe cuántas payasadas más o menos borgeanas...
Resuelven, por tanto (y provisionalmente), confiar su fortuna a la buena voluntad de algún caritativo congénere. Sin dar un paso más, el tipo apunta con el mentón hacia la primera puerta que ve abierta y consulta con perentoria humildad:
"¿esto qué es?"
Ante lo cual, la buena señora cuya providencial presencia otorga un inesperado papel en el drama académico que nos ocupa, se ve en la obligación de responder:
"El Teórico de Epistemología. Primer Año."
El tipo (no sin cierto comedido heroísmo) se apura a arrastrar a su compañero hasta la puerta en cuestión --que resultará ser, según se confirmara más tarde, la entrada al Salón de Actos de la venerable institución--. Lo apremiaba el horario, y se abocó sin demora a encontrar un lugar en el concurrido recinto. Ya tendrá tiempo luego de reflexionar sobre la maldad o la estipidez intrínseca de la especie humana.
"Tetas , porque ustedes ven que digo tetas y todos prestan atención. Tetas. Es como una caricia al oído, ¿no? Una tibieza atávica, una mariposa de ternura... ¿No les parece?... Miren, si no, cómo hasta los dos alumnos que acaban de entrar, y no tienen idea de lo que veníamos hablando, se paran a escuchar..."
El tipo ya no está para ofenderse, ni siquiera para acusar recibo. Intenta, con inocencia, bosquejar mentalmente una descripción del orador: fracasa espectacularmente. Atina sólo a minimizarse en su asiento, con humildad de roedor perplejo.
"...porque si yo digo que estuve viendo tetas, tetas grandes, generosas, desparejas, respingonas, antipáticas, abismales, chuecas, chiquititas, explosivas... De todo, fíjense ustedes... Digo tetas libres, sueltas, tetas caídas, tetas autóctonas, tetas crueles, tetas de diseño, tetas desparramadas, tetas asquerosas, tetas inocentes, tetas largas, tetas blandas, tetas espeluznantes, tetas frígidas..."
El tipo reflexiona que la Epistemología debe de ser algo un tanto más interesante que lo que le habían informado. Por las dudas, sigue escuchando...
"Si yo les digo que estuve viendo todas esas tetas que les digo que estuve viendo... y después les pregunto, ¿estuve mirando tetas? ¿Ustedes qué dicen? ... Respóndanse primero a sí mismos, no aventuren cualquier respuesta..."
El tipo aguanta sin mínimo amago de sonrisa, y para estas alturas ya se cree con pleno derecho a considerarse un auténtico estoico de la educación superior.
"...representaciones, porque lo que comparaba eran representaciones, ¿entienden?..."
Ni mueca de asombro, ni suspiro delator; el tipo, todo un maestro zen.
" Porque ahora todo el mundo se 'separa'. Bah, dice que se separa. Porque nadie se separa de aquel al que el amor lo unió por aunque sea un segundo... Y ni les cuento de los que hablan de las causas... que el trabajo, que la secretaria, que no se le ríen de los chistes, que el tema del chizito insatisfactorio o la inadecuada lubricación. No entienden que nadie se separa de nadie. ¿Y si tienen hijos? ¿Qué van a hacer? ¿Los van a descuartizar? Si me decís que estás vivo no me podés decir que tus padres están separados, porque están en tu cuerpo. Y si te enfermás o te morís, seguro tus padres van juntos al hospital o al entierro..."
El tipo entiende (ahora, mientras escribe estas líneas) que su limitado espíritu no retiene toda la amplitud del discurso, sino las partes más pobres, más mezquinamente sensatas. Pero en aquel entonces (que seguirá siendo ahora a los efectos de la coherencia de la narración, y a despecho de la sintaxis) el tipo se plantea seriamente que, de tener a mano una conveniente cámara escondida, nada le impediría dejar chiquito al mismísimo Buñuel; se convence de que, si fuera poseedor del provechoso arte de la taquigrafía, no se le haría muy difícil encontrar un editor con el coraje de revivir el surrealismo. Se cuestiona aún, aunque brevemente, sobre la naturaleza de la disciplina epistemológica, pero le han advertido que la Academia opera de maneras misteriosas. Además, se está divirtiendo demasiado, y encima gratis.
El orador naufraga gozosamente por sucesivos o simultáneos océanos de incoherencia. Enseña, a su manera, que lo vulgar y lo épico son puntos de un mismo círculo.
Llegado cierto feliz (o fatal) momento, el tipo y su compañero de aventuras se evaden del vertiginoso trance mediante una nueva consulta. Esta vez, va dirigida a una bonita joven con comprensibles trazas de mártir, o tal vez de zombie, pero su contenido es similar a la anterior.
"¿...?" (el tipo)
"Fundamentos de Psicólog..." alcanza a articular la solícita vampiresa mientras nuestros esforzados héroes emprenden una digna pero no por ello menos expeditiva retirada a lo largo y ancho del pasillo central.
"Claro, llegaron cuando hablábamos de tetas, y ahora que mencionamos úteros y placentas, estos alumnos huyen... ofendidos, seguramente, por mis palabras. Lo que me recuerda..."
El mundo es siempre más pequeño después de una larga travesía. En comparación, la breve entrevista con el profesor de Epistemología --que les explica que comenzará a dictar sus clases la semana siguiente-- tiene sabor a trámite y a derrota.
El tipo empieza a barruntar que acaso el aula es todo el edificio; el profesor, el destino; la lección, la experiencia (o el tedio); y el edificio es el mundo, su itinerario, un oscuro laberinto de elecciones equivocadas... y así quién sabe cuántas payasadas más o menos borgeanas...
Resuelven, por tanto (y provisionalmente), confiar su fortuna a la buena voluntad de algún caritativo congénere. Sin dar un paso más, el tipo apunta con el mentón hacia la primera puerta que ve abierta y consulta con perentoria humildad:
"¿esto qué es?"
Ante lo cual, la buena señora cuya providencial presencia otorga un inesperado papel en el drama académico que nos ocupa, se ve en la obligación de responder:
"El Teórico de Epistemología. Primer Año."
El tipo (no sin cierto comedido heroísmo) se apura a arrastrar a su compañero hasta la puerta en cuestión --que resultará ser, según se confirmara más tarde, la entrada al Salón de Actos de la venerable institución--. Lo apremiaba el horario, y se abocó sin demora a encontrar un lugar en el concurrido recinto. Ya tendrá tiempo luego de reflexionar sobre la maldad o la estipidez intrínseca de la especie humana.
"Tetas , porque ustedes ven que digo tetas y todos prestan atención. Tetas. Es como una caricia al oído, ¿no? Una tibieza atávica, una mariposa de ternura... ¿No les parece?... Miren, si no, cómo hasta los dos alumnos que acaban de entrar, y no tienen idea de lo que veníamos hablando, se paran a escuchar..."
El tipo ya no está para ofenderse, ni siquiera para acusar recibo. Intenta, con inocencia, bosquejar mentalmente una descripción del orador: fracasa espectacularmente. Atina sólo a minimizarse en su asiento, con humildad de roedor perplejo.
"...porque si yo digo que estuve viendo tetas, tetas grandes, generosas, desparejas, respingonas, antipáticas, abismales, chuecas, chiquititas, explosivas... De todo, fíjense ustedes... Digo tetas libres, sueltas, tetas caídas, tetas autóctonas, tetas crueles, tetas de diseño, tetas desparramadas, tetas asquerosas, tetas inocentes, tetas largas, tetas blandas, tetas espeluznantes, tetas frígidas..."
El tipo reflexiona que la Epistemología debe de ser algo un tanto más interesante que lo que le habían informado. Por las dudas, sigue escuchando...
"Si yo les digo que estuve viendo todas esas tetas que les digo que estuve viendo... y después les pregunto, ¿estuve mirando tetas? ¿Ustedes qué dicen? ... Respóndanse primero a sí mismos, no aventuren cualquier respuesta..."
El tipo aguanta sin mínimo amago de sonrisa, y para estas alturas ya se cree con pleno derecho a considerarse un auténtico estoico de la educación superior.
"...representaciones, porque lo que comparaba eran representaciones, ¿entienden?..."
Ni mueca de asombro, ni suspiro delator; el tipo, todo un maestro zen.
" Porque ahora todo el mundo se 'separa'. Bah, dice que se separa. Porque nadie se separa de aquel al que el amor lo unió por aunque sea un segundo... Y ni les cuento de los que hablan de las causas... que el trabajo, que la secretaria, que no se le ríen de los chistes, que el tema del chizito insatisfactorio o la inadecuada lubricación. No entienden que nadie se separa de nadie. ¿Y si tienen hijos? ¿Qué van a hacer? ¿Los van a descuartizar? Si me decís que estás vivo no me podés decir que tus padres están separados, porque están en tu cuerpo. Y si te enfermás o te morís, seguro tus padres van juntos al hospital o al entierro..."
El tipo entiende (ahora, mientras escribe estas líneas) que su limitado espíritu no retiene toda la amplitud del discurso, sino las partes más pobres, más mezquinamente sensatas. Pero en aquel entonces (que seguirá siendo ahora a los efectos de la coherencia de la narración, y a despecho de la sintaxis) el tipo se plantea seriamente que, de tener a mano una conveniente cámara escondida, nada le impediría dejar chiquito al mismísimo Buñuel; se convence de que, si fuera poseedor del provechoso arte de la taquigrafía, no se le haría muy difícil encontrar un editor con el coraje de revivir el surrealismo. Se cuestiona aún, aunque brevemente, sobre la naturaleza de la disciplina epistemológica, pero le han advertido que la Academia opera de maneras misteriosas. Además, se está divirtiendo demasiado, y encima gratis.
El orador naufraga gozosamente por sucesivos o simultáneos océanos de incoherencia. Enseña, a su manera, que lo vulgar y lo épico son puntos de un mismo círculo.
Llegado cierto feliz (o fatal) momento, el tipo y su compañero de aventuras se evaden del vertiginoso trance mediante una nueva consulta. Esta vez, va dirigida a una bonita joven con comprensibles trazas de mártir, o tal vez de zombie, pero su contenido es similar a la anterior.
"¿...?" (el tipo)
"Fundamentos de Psicólog..." alcanza a articular la solícita vampiresa mientras nuestros esforzados héroes emprenden una digna pero no por ello menos expeditiva retirada a lo largo y ancho del pasillo central.
"Claro, llegaron cuando hablábamos de tetas, y ahora que mencionamos úteros y placentas, estos alumnos huyen... ofendidos, seguramente, por mis palabras. Lo que me recuerda..."
El mundo es siempre más pequeño después de una larga travesía. En comparación, la breve entrevista con el profesor de Epistemología --que les explica que comenzará a dictar sus clases la semana siguiente-- tiene sabor a trámite y a derrota.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Sísifo
Hacia las dos de la tarde hay pocos negocios abiertos en mi barrio. La estación de servicio, esa blanca e imponente obviedad, es casi la única opción.
Entro y lo veo al tipo. Tiene la cara teñida de trompadas u otros desastres naturales. El espíritu--se nota-- le está empezando a pesar, especialmente en el codo izquierdo. Pero el mostrador no es mostrador, no es barra hospitalaria y muda: es una frágil entelequia de cristal, refulgente de multicolores y odiosas golosinas. De todos modos es demasiado baja, y el tipo no está para acrobacias.
"...crudo, cocido y queso, o queso solo."
"Un triple. De jamón y queso."
La empleada, que todavía está tratando de descifrar algunas cosas, se ve en la obligación de aclarar:
"Están todos en esas heladeras. Elija el que más le guste"
Y el tipo, firme en lo suyo:
"¿Y algo para tomar? ¿Pomelo?"
"Las gaseosas están en la heladera de al lado."
"Bueno: eso. Y una medida de fernet."(el tipo, ya de alguna manera reconciliado con la existencia)
"No, Fernet le podemos ofrecer solamente en botella. Son esas que ve ahí." (la chica, sensible pero instruida en evitar silencios incómodos.)
"Pero, yo digo para mezclar con el pomelo."
"Le repito, le puedo vender la botella."
(silencio inevitable)
"Pero..."
Hay en el tipo un visible reagrupamiento de tropas y una mirada, exenta de rencor, que atraviesa antes que él la puerta transparente.
Lo aplana el sol de la siesta. Alguna mosca enturbia su sombra -corta- que se aleja.
Entro y lo veo al tipo. Tiene la cara teñida de trompadas u otros desastres naturales. El espíritu--se nota-- le está empezando a pesar, especialmente en el codo izquierdo. Pero el mostrador no es mostrador, no es barra hospitalaria y muda: es una frágil entelequia de cristal, refulgente de multicolores y odiosas golosinas. De todos modos es demasiado baja, y el tipo no está para acrobacias.
"...crudo, cocido y queso, o queso solo."
"Un triple. De jamón y queso."
La empleada, que todavía está tratando de descifrar algunas cosas, se ve en la obligación de aclarar:
"Están todos en esas heladeras. Elija el que más le guste"
Y el tipo, firme en lo suyo:
"¿Y algo para tomar? ¿Pomelo?"
"Las gaseosas están en la heladera de al lado."
"Bueno: eso. Y una medida de fernet."(el tipo, ya de alguna manera reconciliado con la existencia)
"No, Fernet le podemos ofrecer solamente en botella. Son esas que ve ahí." (la chica, sensible pero instruida en evitar silencios incómodos.)
"Pero, yo digo para mezclar con el pomelo."
"Le repito, le puedo vender la botella."
(silencio inevitable)
"Pero..."
Hay en el tipo un visible reagrupamiento de tropas y una mirada, exenta de rencor, que atraviesa antes que él la puerta transparente.
Lo aplana el sol de la siesta. Alguna mosca enturbia su sombra -corta- que se aleja.
viernes, 29 de febrero de 2008
Pecado Original
Es ese inmundo frenesí. Ese milagro repugnante y asombroso del cual no sabemos bien a quién culpar.
Es eso que descubrimos siempre por primera vez, milenios después de tantos otros.
Es causa de más de una epidemia incurable, y hay quienes intentan evitarlo por pudor o por higiene.
Es una batalla perdida de antemano: un duelo desigual que no sabemos ni queremos evitar.
Nos promete la gloria; nos asegura la humillación.
Nos ennoblece y nos degrada.
Nos obliga a traicionar y traicionarnos.
No podemos evitar preocuparnos durante toda la vida por nuestro humilde desempeño, pasado o futuro.
Es la más seria trivialidad, la más honda superficie.
Es el guante de hierro sobre el puño de terciopelo.
Es un látigo, un escudo, un precipicio.
Es un ansia que no se cura con ninguna enfermedad. Se sabe que resiste a los años, y a la sabiduría.
Nos concentra, nos diluye, nos enfrenta, nos acerca, nos aísla, nos transforma, nos derrumba, nos construye.
Curiosamente (o no tanto) siempre es mejor en proyecto. Siempre es más minucioso desde el recuerdo.
Pero no nos engañemos: puede ser tedioso, monótono, egoísta o ajeno.
No siempre cura las heridas que provoca.
Y sin embargo es ese laberinto que esconde lo que somos. Es esa puerta infranqueable que nos niega lo que quisiéramos ser.
Nos hace solemnes, torpes, ridículos, pomposos, adultos u otras cosas peores...
Es un acto terrible de tiranía y sumisión radicales --y simultáneas--.
Exige una desnudez impúdica. Impone una indecente intimidad.
Nos arrastra fuera del tiempo, para ahogarnos sin remedio en lo más profundo de su cauce.
Nos pasamos la vida volviendo a empezar, intentando posiciones nuevas, apelando a recetas más o menos célebres, más o menos sospechosas; sin embargo sabemos que, a pesar de nuestros esfuerzos, en algún momento termina, y volverá a terminar.
Es todo eso y acaso muchas otras cosas, pero siempre deja atrás esa misma sensación de vacío. Aunque ese vacío multiplique burdeles y desborde bibliotecas; aunque ese vacío funde imperios o desate las más violentas conflagraciones.
Aunque sea justamente ese vacío lo que hace girar al mundo.
PD: A los que hayan llegado hasta acá, me veo en la obligación de agradecerles y confesarles que podría haberles ahorrado preciosos segundos de su vida si hubiera empezado con la frase : "Escribir es como el sexo".
Pero, sinceramente, tampoco quería privarme del placer de que acabáramos juntos.
Es eso que descubrimos siempre por primera vez, milenios después de tantos otros.
Es causa de más de una epidemia incurable, y hay quienes intentan evitarlo por pudor o por higiene.
Es una batalla perdida de antemano: un duelo desigual que no sabemos ni queremos evitar.
Nos promete la gloria; nos asegura la humillación.
Nos ennoblece y nos degrada.
Nos obliga a traicionar y traicionarnos.
No podemos evitar preocuparnos durante toda la vida por nuestro humilde desempeño, pasado o futuro.
Es la más seria trivialidad, la más honda superficie.
Es el guante de hierro sobre el puño de terciopelo.
Es un látigo, un escudo, un precipicio.
Es un ansia que no se cura con ninguna enfermedad. Se sabe que resiste a los años, y a la sabiduría.
Nos concentra, nos diluye, nos enfrenta, nos acerca, nos aísla, nos transforma, nos derrumba, nos construye.
Curiosamente (o no tanto) siempre es mejor en proyecto. Siempre es más minucioso desde el recuerdo.
Pero no nos engañemos: puede ser tedioso, monótono, egoísta o ajeno.
No siempre cura las heridas que provoca.
Y sin embargo es ese laberinto que esconde lo que somos. Es esa puerta infranqueable que nos niega lo que quisiéramos ser.
Nos hace solemnes, torpes, ridículos, pomposos, adultos u otras cosas peores...
Es un acto terrible de tiranía y sumisión radicales --y simultáneas--.
Exige una desnudez impúdica. Impone una indecente intimidad.
Nos arrastra fuera del tiempo, para ahogarnos sin remedio en lo más profundo de su cauce.
Nos pasamos la vida volviendo a empezar, intentando posiciones nuevas, apelando a recetas más o menos célebres, más o menos sospechosas; sin embargo sabemos que, a pesar de nuestros esfuerzos, en algún momento termina, y volverá a terminar.
Es todo eso y acaso muchas otras cosas, pero siempre deja atrás esa misma sensación de vacío. Aunque ese vacío multiplique burdeles y desborde bibliotecas; aunque ese vacío funde imperios o desate las más violentas conflagraciones.
Aunque sea justamente ese vacío lo que hace girar al mundo.
PD: A los que hayan llegado hasta acá, me veo en la obligación de agradecerles y confesarles que podría haberles ahorrado preciosos segundos de su vida si hubiera empezado con la frase : "Escribir es como el sexo".
Pero, sinceramente, tampoco quería privarme del placer de que acabáramos juntos.
domingo, 24 de junio de 2007
Übermensch (escalofríos)
MARTES 9:18:35 AM
Juan camina apurado. Juan tiene que cumplir cierto trámite urgente. Ve un pájaro pequeño sobre la vereda --casi en su camino--. Es un animal de lo más ordinario, pero a Juan le parece que toda la profundidad y extensión del universo se esconde --o se devela-- en el sencillo diseño de sus alas.
El pájaro se agita, sufre. Probablemente esté herido. Juan se estremece imaginando la explosión opaca y húmeda bajo su zapato derecho. Le alcanza con imaginarlo para saber que habría sido lo apropiado. El apuro, la cobardía y acaso la vergüenza, lo disuaden de un acto de sabia justicia, de pueril pero innegable heroísmo. Reflexiona que todo heroísmo es pueril, que las oportunidades quedan siempre tres pasos atrás, que se hace cada vez más difícil dejar de imaginar justamente esas cosas que mejor ni imaginar...
MARTES 9:18:42 AM
...
Juan camina apurado. Juan tiene que cumplir cierto trámite urgente. Ve un pájaro pequeño sobre la vereda --casi en su camino--. Es un animal de lo más ordinario, pero a Juan le parece que toda la profundidad y extensión del universo se esconde --o se devela-- en el sencillo diseño de sus alas.
El pájaro se agita, sufre. Probablemente esté herido. Juan se estremece imaginando la explosión opaca y húmeda bajo su zapato derecho. Le alcanza con imaginarlo para saber que habría sido lo apropiado. El apuro, la cobardía y acaso la vergüenza, lo disuaden de un acto de sabia justicia, de pueril pero innegable heroísmo. Reflexiona que todo heroísmo es pueril, que las oportunidades quedan siempre tres pasos atrás, que se hace cada vez más difícil dejar de imaginar justamente esas cosas que mejor ni imaginar...
MARTES 9:18:42 AM
...
domingo, 22 de abril de 2007
Uroboros (post de no-ficción)
El tipo acaba de mudarse a un departamento nuevo. Aprovecha los días que no llueve para hacer un poco de limpieza y poner en orden sus cosas. El tipo conoce poco la ciudad, por lo que decide hacer las compras en el supermercado más completo que encuentra. A la salida, cargado como está, se le hace impracticable acometer a pie el relativamente largo camino de vuelta.
El tipo se las arregla para llegar hasta la parada de taxis, abordar el primero de la fila, e indicar la dirección al conductor. En el camino, como era de prever, la charla discurre sobre el clima y las inopinadas incomodidades que suele éste infligir a los mortales. Y eso sin contar las verdaderas tragedias que llega a desencadenar sobre nuestros destinos. El calentamiento global y demás mitos de última hora son rápidamente descartados por el taxista; cuya excelente memoria evoca cierta dilatada lluvia de su juventud. Lluvia que dio en coincidir casi exactamente con la duración del viaje a Italia de su padre --mes, mes y medio, póngale usted...-- y que terminó por arruinar por completo la cosecha de su hermano. "Lluvias de ésas hubo siempre. Pasa que vienen cada tanto. La gente se olvida y después anda armando escándalo."
El tipo se queda con las ganas de preguntar qué cosechaba el hermano; pero ya están llegando y él está demasiado ocupado buscando cambio para pagar justo y asegurándose de dejar el paraguas olvidado en el asiento. Antes de bajar atina a coincidir con su interlocutor que, a pesar de todo, ya es hora de que el tiempo se deje de joder y empiece a comportarse como Dios manda. Que al fin y al cabo ya estamos en otoño y no vendrían mal unos días más frescos y sin tanta humedad...
El tipo extraña a su familia. Trabaja demasiado y no tiene amigos. El tipo es distraído hasta la criminalidad, y confía a las regularidades externas la tediosa responsabilidad de mantenerlo dentro de los límites de la realidad o la cordura. Rompe innumerables veces su definitivo propósito de dejar de fumar. Encuentra y vuelve a perder el tenue equilibrio entre fe y desesperanza que hace que al fin se vaya a dormir sin otra compañía que su estúpida sonrisa.
Un buen día, agobiado bajo el peso de las compras y la amenaza de la inminente tormenta, el tipo se encamina a la parada de taxis. Toma el primero y, una vez dentro, consigna lenta y prolijamente su dirección. Con prolijidad de mantra recién aprendido, piensa. Como cuando era chico, y recitaba cuidadosamente su número de documento, horrorizado de equivocarse y terminar siendo otro por culpa de una cifra fuera de lugar. Para distraerse tan intrascendentes cavilaciones, o quizá por se le ocurre que es lo correcto, intenta hacer conversación. Por desgracia, su poco experiencia en ese medio de transporte, unida a su completa ignorancia en materia deportiva, hacen que sólo le venga a la mente el tópico del clima. Área que , afortunada o inevitablemente, el taxista domina a la perfección. Para demostrarlo --como si hiciera falta--, éste se apresura de adelantar su opinión de que el presente estado de cosas poco o nada tiene que ver con la tala indiscriminada o el deterioro de la capa de ozono. Nadie mejor que él para afirmarlo. Justamente él, que en su juventud aguardó bajo ininterrumpido chaparrón el regreso de su padre desde Italia. Él, que sufrió como propia la cosecha arruinada de su hermano. Él mismo, que siempre llevó y seguirá llevando tranquilamente a sus pasajeros a destino, impermeable a calendarios y teorías.
El tipo baja del taxi, comprueba que no olvidó el paraguas, y sigue con su vida.
O eso intenta creer.
El tipo se las arregla para llegar hasta la parada de taxis, abordar el primero de la fila, e indicar la dirección al conductor. En el camino, como era de prever, la charla discurre sobre el clima y las inopinadas incomodidades que suele éste infligir a los mortales. Y eso sin contar las verdaderas tragedias que llega a desencadenar sobre nuestros destinos. El calentamiento global y demás mitos de última hora son rápidamente descartados por el taxista; cuya excelente memoria evoca cierta dilatada lluvia de su juventud. Lluvia que dio en coincidir casi exactamente con la duración del viaje a Italia de su padre --mes, mes y medio, póngale usted...-- y que terminó por arruinar por completo la cosecha de su hermano. "Lluvias de ésas hubo siempre. Pasa que vienen cada tanto. La gente se olvida y después anda armando escándalo."
El tipo se queda con las ganas de preguntar qué cosechaba el hermano; pero ya están llegando y él está demasiado ocupado buscando cambio para pagar justo y asegurándose de dejar el paraguas olvidado en el asiento. Antes de bajar atina a coincidir con su interlocutor que, a pesar de todo, ya es hora de que el tiempo se deje de joder y empiece a comportarse como Dios manda. Que al fin y al cabo ya estamos en otoño y no vendrían mal unos días más frescos y sin tanta humedad...
El tipo extraña a su familia. Trabaja demasiado y no tiene amigos. El tipo es distraído hasta la criminalidad, y confía a las regularidades externas la tediosa responsabilidad de mantenerlo dentro de los límites de la realidad o la cordura. Rompe innumerables veces su definitivo propósito de dejar de fumar. Encuentra y vuelve a perder el tenue equilibrio entre fe y desesperanza que hace que al fin se vaya a dormir sin otra compañía que su estúpida sonrisa.
Un buen día, agobiado bajo el peso de las compras y la amenaza de la inminente tormenta, el tipo se encamina a la parada de taxis. Toma el primero y, una vez dentro, consigna lenta y prolijamente su dirección. Con prolijidad de mantra recién aprendido, piensa. Como cuando era chico, y recitaba cuidadosamente su número de documento, horrorizado de equivocarse y terminar siendo otro por culpa de una cifra fuera de lugar. Para distraerse tan intrascendentes cavilaciones, o quizá por se le ocurre que es lo correcto, intenta hacer conversación. Por desgracia, su poco experiencia en ese medio de transporte, unida a su completa ignorancia en materia deportiva, hacen que sólo le venga a la mente el tópico del clima. Área que , afortunada o inevitablemente, el taxista domina a la perfección. Para demostrarlo --como si hiciera falta--, éste se apresura de adelantar su opinión de que el presente estado de cosas poco o nada tiene que ver con la tala indiscriminada o el deterioro de la capa de ozono. Nadie mejor que él para afirmarlo. Justamente él, que en su juventud aguardó bajo ininterrumpido chaparrón el regreso de su padre desde Italia. Él, que sufrió como propia la cosecha arruinada de su hermano. Él mismo, que siempre llevó y seguirá llevando tranquilamente a sus pasajeros a destino, impermeable a calendarios y teorías.
El tipo baja del taxi, comprueba que no olvidó el paraguas, y sigue con su vida.
O eso intenta creer.
jueves, 30 de noviembre de 2006
Moscas de fuego (con instrucciones)
Afuera ya tan de noche que hasta parece un mundo en paz. Es el campo el que se mueve, mientras uno persiste firme y pacientemente acomodado en su butaca.
También afuera --acaso en otra galaxia-- las luciérnagas juegan a defender hasta la muerte su intermitencia sutil y descarada. Ahí es cuando a uno le entra hambre de infancia; y es cuando uno se da cuenta de cuánto falta aun para llegar.
Es una nostalgia un poco tonta, es cierto; pero ya no se puede evitar querer ser (y de alguna manera ser) ese cazador de cinco años, sucio, cansado e inmortal --que nunca fuimos--. Respirar ese aire limpio de bajezas y pasado, atravesar fronteras que todavía elegimos desconocer; ser el oscuro y furtivo emperador entre las luces.
Ponerlas en un frasco de vidrio con agujeritos en la tapa y después, como si fuera la cosa más natural del mundo, apoyar el frasco en la mesita de luz y desafiarlas, o aceptar su desafío, de ver quién se apaga primero.
También afuera --acaso en otra galaxia-- las luciérnagas juegan a defender hasta la muerte su intermitencia sutil y descarada. Ahí es cuando a uno le entra hambre de infancia; y es cuando uno se da cuenta de cuánto falta aun para llegar.
Es una nostalgia un poco tonta, es cierto; pero ya no se puede evitar querer ser (y de alguna manera ser) ese cazador de cinco años, sucio, cansado e inmortal --que nunca fuimos--. Respirar ese aire limpio de bajezas y pasado, atravesar fronteras que todavía elegimos desconocer; ser el oscuro y furtivo emperador entre las luces.
Ponerlas en un frasco de vidrio con agujeritos en la tapa y después, como si fuera la cosa más natural del mundo, apoyar el frasco en la mesita de luz y desafiarlas, o aceptar su desafío, de ver quién se apaga primero.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)