domingo, 13 de mayo de 2007

Ejercicio de estilo

Todos tenemos un látigo escondido. Es fama que Amelia, a quien encuentro tarde por medio en la verdulería, posee un ejemplar magnífico y antiguo, de alma inquieta y mordida traicionera. Anita, la del segundo B, atesora un firme y estilizado relámpago de cuero negro, en franco contraste con su figura de generosos y suaves volúmenes.

Don Rossi, el carnicero --al fin y al cabo un espíritu limitado-- se atiene a su fiel rebenque campero. Aduce no sé qué tiernas memorias de infancia. Ángela se emociona de pensar en el cajoncito fragrante a rosas viejas, donde enrolla su secreta fuerza de orquídea el metro y medio de eslabones fríos y certeros que son sólo suyos. "Como la inútil inocencia de las quinceañeras", piensa, "que también fue mía".

Hay otros, claro, cuya fina ironía o inevitable falta de recursos empuja crueles y maravillosas artesanías a base de rosarios y crucifijos. La parroquia y el monasterio ignoran o acaso consienten magnánimemente el piadoso saqueo.

Los hay que se vanaglorian interiormente de la astuta disposición de filos y espinas, destinados a imprimir las más exquisitos caractéres del suplicio. No falta quien ceda a la banalidad de perlas y rubíes, pero también abundan los ejemplos de sincera poesía. Sobre la alacena de la cocina, Jaime guarda un entrañable mango de balero, que se extriende en cuatro trenzas de piolín de barrilete, rematadas en sendas bolitas de cerámica verde --que se parecen tanto a las esmeraldas, sin serlo del todo--. No es difícil imaginar que, de a ratos, a Jaime la infancia le resulta, sin serlo, así de parecida a la felicidad.

Creo haberles comentado que somos gente discreta. Nuestro pudor nos impide confesar abiertamente nuestras virtudes. Por esa y otras razones, nunca discutimos estas cosas.

Aunque, a veces, una noche fresca trae sueños de llamaradas carmesí y roncos y tibios chasquidos. A la mañana, lágrimas y gotas de sudor desatan arcoiris de siniestra dulzura en nuestra ajada piel de mártires, en nuestra tierna carne de bestias.

Eso pasa a veces, claro.

Por eso a veces, solamente a veces, escribimos cosas como ésta.